viernes, 1 de abril de 2011

Despedida


Elegía 456
A Jorge Martínez Méndez
Aquel Tronco, roedor y murciélago
al rugir la sangre ascendió al cielo.
Por fe lo sé. Eolo y su tormenta de llanto
duerme con intriga en la muerte,
cómo diablos puede caber en la incredibilidad
de la mente las acciones de la fe.
Por qué debo preguntarme si aquel Tronco
se encuentra en el Seol o en el Seno de Abraham.

Polvo fuimos, polvo comimos, polvo llegará a ser.

Se ha ido sin despedirse, pero con muchos quetzales aquedado
su última sonrisa. Se ha ido el Tronco que me contaba historias.
Quién me narrará literatura oral.
Cuál Tronco habrá para narrarme las historias de Jesús.
Quién, si sólo hubo un Tronco.

Aquel Tronco, raíz de José María Vargas
ha quedado disecado
y sus ojos que siempre huyeron del calor del sol
han llegado a la tierra. Allá tendrá el frío que siempre amó.

Será consumido por gusanos,
su cuerpo será alimento y abrigo para insectos.
Se fue con Paz,
como una hoja que regresa a la tierra,
que regresa a los suyos. Se fue para dónde Cristo,
porque él me dijo que los muertos en Cristo
resucitarán  y de sus tumbas saldrán
al sonar la trompeta.

Abuelo, abuelo.

El que jugó a la bola conmigo, no nos volveremos
a ver más en el mundo tangible.

Polvo fuimos, polvo comí, polvo volveré a ser.




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